- DEDICATORIA DE MIS MEMORIAS

 

A MI ESPOSA ELSA: Mártir del amor;
por el recuerdo permanente de su
bondad, su abnegación y ejemplo
de Compañera fiel.

A MIS HIJOS: Porque con vuestras
conductas, de cada uno, me dio su
mejor ejemplo de entereza y
espíritu de lucha; Con su
dedicación, la mejor muestra de su
capacidad y con su trabajo, la
seguridad de su futuro.

A MIS PADRES: Por el recuerdo de
haberme brindado un hogar lleno de
cordialidad, ejemplo, afecto, amor,
autenticidad y una escuela de
obediencia, respeto, honestidad y
trabajo.

Pareciera que una excelente
conducta adquirida por el individuo
en su formación, luego, a lo largo
de la vida, lo acompaña
inexorablemente como un duende
vigilante y consejero
constante, que le señala
el camino correcto, apartándolo de
toda inconveniencia.-

 

 

 


 

 

 

CONTEMPLANDO TU RETRATO


 

 

 

 

 


 

 

 

 

TU... EN MIS SUEÑOS...

Te contemplo emocionado admirando tus cabellos;
Y recuerdo con cariño tu dulce rostro sereno;
La suavidad de tu piel, la calidez de tu cuerpo,
La tibieza de tus manos, la luz de tus ojos negros...

Evocando tus virtudes llegan a mi pensamiento;
Tu entereza, tu amistad, tu sencillez y tu credo;
Tu voluntad y tu fe, la grandeza de tu ejemplo;
La fuerza de tu moral, la firmeza de tu genio...

Luego presiento tu voz, la frescura de tu acento;
Tu magnífica sonrisa sinceramente ofreciendo;
La expresión de tu alegría que acompañaban tus gestos;
La ternura de tu amor, la templanza de tu afecto...

Así, tu imagen aflora y ubicada en mi cerebro;
Aparece tu figura dibujándose en el cielo;
Caminando sobre el patio, entre las flores y helechos.
Contemplando en el jardín los malvones y azahareros.

Y más tarde... Tu silueta... Me parece que la veo...
Con un libro entre tus manos, con tus hijos departiendo;
Brindándoles tu cariño al fruto de tus desvelos;
Junto al fuego del hogar y el crepitar de sus leños;
Que iluminaron sus rostros en nuestras noches de invierno.

A tu lado no hubo penas, desavenencias ni celos;
Tu valor y tu conducta siempre fueron un ejemplo;
En amable intimidad, conversando de lo nuestro;
Mirándonos a los ojos, entre las plantas del huerto;
O tomados de la mano en el silencioso templo:
Siempre afloraba el amor con el más puro respeto...

Y al ocaso de tu vida que sentías extinguiendo;
Con formación religiosa que invocabas en tus ruegos;
Encomendando a la Virgen, a nuestros queridos muertos;
Implorando por la Paz, el Amor y los enfermos;
Con cristiana devoción, entre oraciones y rezos;
Presintiendo tu partida hacia el destino Supremo;
Cariñosa y maternal nos despedías con un beso...

Siempre estabas a mi lado y estarás, en los recuerdos;
Que me traen a cada instante con ternura tus objetos;
Del cariño que, tus hijos, de tu vida son reflejos;
En los días que me quedan por vivirlos y en mis versos;
Que jamás podrán borrarlos ni la distancia ni el tiempo.

Porque siempre he de llevarte en el centro de mi pecho
Adorándote aún después de mi muerte, lo confieso;
Me entristecen las figuras de tu imagen, cuando en sueños;
Se dibujan y se borran al instante que despierto;

Que me llenan de tristeza por que sé que no te tengo;
Que me apenan y me angustian porque pienso en tu deceso;
Porque son fantasías que me vienen persiguiendo;
Y que sólo tienen vida y aparecen, en mis sueños.

Cuando más lo reflexiono, cada vez, menos entiendo;
¿Porqué‚ mi amor, el Señor te llevó consigo al cielo?
¿Porqué te llevó, mi vida? Siempre me lo estoy diciendo.
Y te nombro sin cesar en mis horas de silencio...

Después, en mi soledad, confundido por el miedo;
La amargura, la aflicción, con inmensa pena, pienso:
¿Acaso será un castigo que en esta vida merezco?
¿Por no haber sido contigo suficientemente bueno?

Y mientras ahogo mi llanto, hasta quedar sin aliento;
Rogando por la paz de tu alma, con toda devoción rezo;
Para que al llegar tu espíritu al descanso de tu Reino;
El Corazón de Jesús te brinde descanso eterno...

JULIO

Te confieso... Por si me escuchas: Hace más de catorce años que escribí esto en tu homenaje... Cada vez que lo leo me ahogo en llanto... Tienes ya nueve nietitos... Los que entienden; Ya te conocen... ¡Abuelita Elsa! Es nuestro mejor homenaje a tu memoria...

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PRÓLOGO

Soy nacido y criado en un hogar humilde y de trabajo. Mi padre ingresó a la Argentina a principios del siglo XX. Llegó muy joven desde España junto con su único hermano varón, dos años mayor que él. Se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. De allí fueron requeridos por una familia radicada en la ciudad de Buenos Aires, con tierras en la zona oeste de la Provincia de Buenos Aires, distante a unos 450 Kilómetros de la Capital Federal, para que se las labraran, organizaran y administraran las chacras que, en ciertas parcelas, las arrendaban en aparcería a productores inmigrantes.

En la segunda década del siglo XX, mi padre contrajo enlace con mi madre, hija de inmigrantes Italianos que, casualmente, constituía uno de esos aparceros.

Soy el séptimo hijo varón de los diez que criaron y educaron mis padres. Recibí educación primaria en la Escuela Provincial N 19 de la localidad de Mones Cazón (En ese tiempo había también Escuelas Nacionales) y una educación Secundaria Comercial con el Profesor Eduardo Miguel del Campo adscrito a una Academia Mercantil de la ciudad de Buenos Aires. El profesor citado era de origen Español.-

Mi vida transcurrió normalmente como toda familia de esa época: Estudio, tareas comunes como toda comunidad inmigrante: Huerto, crianza de aves de corral y otro tipo de animales como cerdos, ovejas, caballos y todos los quehaceres y diversiones comunes de la niñez y juventud con mucha disciplina y respeto

Desde los catorce años abrigué la idea de escribir, crear o narrar alguna fantasía fruto de la imaginación.-

Mis primeros ensayos en mi manía de escribir algo, fueron ciertas aventuras que imaginaba. Tal vez encuentros entre dos jóvenes; una iniciación de amistad que se tornaba en idilio; algunas complicaciones de esa supuesta relación amorosa por la aparición de un tercero que complicaba la cosa etc.,

Nunca pasó de un simple ensayo. Siempre quedaba inconcluso como consecuencia de las obligaciones que debía cumplir en mi casa paterna. Además, a esa edad, tanto los ideales como las actividades son muy cambiantes y de poca persistencia.-

Con el tiempo reverdecía esa inclinación a escribir, volviendo muy pronto a desvanecerse por imperio de las circunstancias.-

Escribir me encantaba porque me exigía consultar libros de textos, diccionarios o tratados diversos que tuviese a mi alcance, para averiguar el significado de alguna palabra o el sinónimo de otra que expresara más exactamente su sentido. Sin querer, me resultaba didáctico é ilustrativo, consumiendo mi tiempo libre entretenido y feliz.-

Es innegable que mi falta de capacidad para armar y compaginar un cuento o historia estaba en mí, porque siempre quedaba todo en la nada. No obstante, como siempre, las ilusiones perduran, permanecen en letargo y vuelven luego a surgir en la madurez como algo posible, con sentido, sobre todo cuando existen ganas de hacer y hay tiempo disponible.

Mi vocación y mi medio de vida fue siempre la actividad a través de la escritura. Pasé gran parte de mi existencia volcando datos, cómputos e ideas en comprobantes, libros, planillas y carpetas. No significa esto que esté autorizado, sea motivo o me acredite estar preparado para escribir un libro con mis memorias.-

A través de la profesión que he desarrollado en mi vida, muchas veces he tenido que afrontar situaciones intrincadas donde debí emplearme a fondo para resolver, defender, aclarar o peticionar en ciertas emergencias para las empresas que he dependido o comisiones que he participado. Allí debí recurrir al lenguaje preciso y expresiones adecuadas, obligándome a investigar, descubrir y utilizar la habilidad literaria donde, lo que se escribe, señale fielmente el pensamiento, la idea o reflexión. Las oportunas consultas a los diccionarios de terminología general, sinónimos y antónimos ilustran mucho al ávido de saber y aprender o conocer más, y disipan las dudas que siempre se instalan ante los proyectos y propuestas.-

En esta oportunidad intentaré narrar pasajes de mi vida. Tal vez pueda resultar desordenada en cuanto a la cronología; pero procuraré dejar asentado la mayoría de los detalles que recuerde, dándole la mayor claridad posible. Trataré, esta vez, que sea algo más que un simple intento. Será una manera de entretenerme en un hobby que me gusta. Cuento para ello con el factor tiempo que puedo distribuirlo a mi gusto en la mayoría de los casos, en medio de las escasas actividades que tengo en este momento.-

Pienso que puede ser una terapia escribir mis memorias. Puedo compararlo con el efecto que ejerce espiritualmente una confesión: Libera, tranquiliza, relaja, renueva y predispone el ánimo.-

Hay un pensamiento que se ha hecho popular y dice mas o menos así: El hombre para justificar su paso por la vida debiera, por lo menos: A) Criando un hijo; B) Plantando un árbol; C) Escribiendo un libro. Puedo decir de estas tres cosas que: Plantar un árbol es muy sencillo y posible para cualquier persona. Casi inevitable. Quien más, quien menos, todos lo hemos hecho; Para criar un hijo se debe tomar mucha conciencia y responsabilidad. Agotar todos los esfuerzos y medios para guiarlo, encauzarlo y ayudarlo en su vida. Gestarlo cualquiera lo hace. En cuanto a escribir un libro que tenga sentido se necesita, además del tiempo, dedicación, muy buena memoria, constancia é imaginación. Yo no cuento con tantas cualidades. Utilizaré el coraje.-

Dicen que hay escasez de escritores de libros porque a su vez escasean los editores que los publican porque se lee menos que antes. Hay muchos medios de comunicaciones que acaparan la atención y compiten. Yo creo que la mitad de los libros que se piensan, no se escriben; la mitad de los que se editan, no se venden y la mitad de los que se venden, no se leen. Esto nos muestra la decadencia del lector de libros.-

Para obtener sinceridad en el escrito, pienso volcar totalmente, a medida que lleguen a mi memoria, los recuerdos tal como aparecen y hayan sucedido las cosas.-

Mi humilde obra no pretende ser novela, ni crónica o leyenda. Y menos, notoria. Ni siquiera una autobiografía. Tan sólo pretenderá ser una modesta versión de algunos perfiles de mi vida, que han logrado surcar mi espíritu. Los que más se han fijado en mi mente.-

Ruego a Dios quiera otorgarme, en el momento oportuno, la capacidad de expresión y el lenguaje necesario para la autenticidad que busco. Que Él me ilumine y me dé fuerzas para concluir esta modesta obra doméstica y simple que quiero ofrecer a mis hijos.-

Pido perdón por todos los errores que, seguramente, cometeré.-

Julio González

Imagen – 002 - Elsa Lorenzo, sus tres hijos y el autor Julio González


Imagen – 002 – La familia del autor en el año 1965; Su esposa y sus tres Hijos varones. Su esposa falleció cuando el mayor de sus hijos egresaba del Colegio Secundario y cuando el menor aún tenía 14 años. El fallecimiento se produjo como consecuencia de un cáncer de mamas, detectado en junio de 1974; Ello dio lugar a una gran intervención quirúrgica; Luego de una desesperada odisea y a pesar de los cuidados y tratamientos médicos rigurosos, falleció el 25 de Mayo de 1977, a los 42 años de edad, o sea, doce años después de haber realizado esta toma fotográfica. El único consuelo fueron sus hijos. Con sacrificios, perseverancia, dedicación, mucha fe; Y con la excelente predisposición de cada uno de ellos; El mayor, Julio Antonio González, en el año 1981 se recibió de Médico Especialista en Gastroenterología; Se radicó en la ciudad de Pehuajó, donde actualmente ejerce su profesión. El segundo hijo Rodolfo Alejandro González, en el año 1983, se recibió de Médico Veterinario y ejerce su profesión en su pueblo natal de Salazar, Provincia de Buenos Aires, partido de Daireaux. El tercero de sus hijos, Ariel Darío González, se recibió de Médico Clínico en el año 1986 y está radicado en la ciudad de Necochea donde está ejerciendo su profesión.-

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MI NIÑEZ, MI HOGAR, MI VIDA

Guardo muy vagos recuerdos de aquella edad de la niñez llena de ilusiones e inquietudes. Todas aplazadas, reprimidas, controladas y frustradas siempre por las obligaciones que había que cumplir.-

Mi padre, hombre práctico, siempre nos obligaba a participar en los quehaceres que le imponían su actividad. relacionada con la administración y explotación Agrícola Ganadera que atendía por su cuenta.-

Entre las diversas actividades a las que nos hallábamos involucrados los hijos, estaba la de dar ración a los cerdos que se invernaban para remitir al Mercado de Liniers; Encerrar los tres o cuatro terneros, de otras tantas vacas lecheras, al caer la tarde, para posibilitar su ordeñe en las primeras horas de la mañana siguiente; El encierro de las ovejas, majada de unas 30 o 40 madres con corderos, algunos borregos y carneros, a los efectos de que pasaran la noche al resguardo en los corrales cerca de la vivienda, preservándolos de un posible ratero o algún animal depredador que pudiese hacerle daño; Había que atender las tareas de huerto. Le llamábamos "hacer la quinta". Consistía en roturar algún pedazo de terreno, remover con la pala de punta, desmenuzarla, carpir para destruir los yuyos o malezas que le quitaban sustancia a la tierra. Plantábamos ajíes, ajos, cebollinas, repollo; Transplantábamos lechugas, acelgas; Fertilizábamos las tierras con abono previamente juntado y acondicionado; Podábamos las cercas de ligustro que circundaba el huerto; Regábamos las plantas y almácigos de acuerdo a la época, etc.-

El predio donde se hallaba nuestra vivienda era de una extensión de diez hectáreas aproximadamente. Contaba con tres ensenadas o potreritos con pastoreo para ganado, un lugar libre cubierto de gramínea natural donde había plantas de álamos o chopos, Paraísos, plátanos y sauces llorones que denominábamos El Monte.-

"El Monte" era el lugar donde desarrollábamos la mayoría de nuestros juegos y diversiones al aire libre. Era un amplio espacio especial para entretenimientos, de una verde y espesa gramínea. Como un césped que lo cubría todo.-

Emplazadas entre las horquetas de cuatro robustos sauces habían instalado dos hermosas hamacas que las hacíamos funcionar a fondo. Nos largábamos de ellas en marcha para competir quién llegaba mas lejos o, en pleno vaivén, de pie en ellas, a toda marcha, largábamos una alpargata que despedíamos con la pierna derecha para competir quien llegaba más lejos. Hacíamos carreras pedestres, de embolsado, en bicicleta o jugábamos al fútbol, la mancha, las bolitas, las escondidas, martín pescador y otros juegos que nos entretenían sanamente. Era un hermoso lugar de recreo donde saboreábamos, por las tardes después de las ocupaciones, los tres fundamentales elementos que nos ofreciera la naturaleza: Aire puro; Espacio verde y Paz.-

Había dos corrales; el cerco donde se hallaba la vivienda; el cerco del huerto o quinta; un molino alto para extraer agua potable, marca Aermotor con tanque elevado y un gran tanque australiano interiormente revestido de cemento que utilizábamos como pileta de natación; Había otros lugares con galpones, comodidades para gallineros donde criábamos y cuidábamos pollos, patos, pavos y gansos.-

Colaborábamos con mamá en la confección de nideras para las aves con la consiguiente limpieza periódica y el acopio de estiércol que se utilizaba como fertilizante en el huerto.-

La tarea de juntar huevos era muy estricta ya que, la gallina, busca su escondite preferido en su instinto de preservar su futura cría. Así, había que estar atento cuando una gallina cantaba o cacareaba. Se ponía atención sobre la orientación que traía su canto y se corría en busca del huevo, para evitar perderlo y se tenía en cuenta ese nuevo nido. Era fascinante su búsqueda.-

Los lugares donde se escondía la gallina para depositar su huevo eran de lo más insólitos. Podía ser en algún pajonal o mata de alguna maleza; en el pescante de un carro estacionado en desuso; detrás de alguna parva de pasto o encima de ella; entre el hueco de alguna troje de maíz o marlo o allí, metido entre la complicada estructura de una vieja espigadora. Conservo algunas cicatrices, señales y anécdotas que nos dejaron las juntadas de huevo.-

Muchas veces comparo la vida disciplinada que hacía cuando me crié, con la de un Regimiento Militar. Aquella constituyó la escuela de mi formación bajo la dirección observación y tutelaje de mi padre, siempre dispuesto para la enseñanza práctica; para el ejemplo objetivo sobre el trabajo y el esfuerzo que se hacía. Es comparable a un Regimiento Militar por la obligación y cumplimiento del servicio obligatorio con todas las disciplinas, orden y subordinación que ello implica. Ambos estaban sujetos a reglamentos, al amor, al servicio o trabajo y al cumplimiento estricto de los deberes. Ambos también tienen sus secuelas de cicatrices, señales o anécdotas que nos dejaron.-

Cualquier indisciplina detectada por mi padre, sobre todo en algo que se hacía desobedeciendo sus observaciones, era motivo de algún castigo o penitencia consistente en una concentración de "orden cerrado" al estudio y hacer deberes o en alguna otra tarea especial que hubiera que realizar.-

El ser humano, en constante evolución, ha modificado los métodos en las disciplinas y conductas con respecto a la educación de la familia. Hoy se escucha hablar de la familia de cincuenta o sesenta años atrás y se vive la impresión de una familia sometida. Tal vez sea cierto. Y, tal vez aquello, en su tiempo, también fue necesario y conveniente.-

Por encima de todo esto se encontraba la escuela. Era una obligación que se cumplía con mucha puntualidad. Nuestro padre jamás toleró que un hijo suyo faltara a la concurrencia escolar. En caso de imposibilidad, únicamente se podía faltar previa su conformidad o aprobación. Los casos extremos eran los días que llovía torrencialmente, dada la distancia que separaba a la escuela de nuestro hogar, o en caso de fiebre por cualquier afección.-

Era muy remota cualquier otra circunstancia. La distancia desde nuestra vivienda hasta la escuela era de unas diez cuadras, mil metros, aproximadamente.-

El horario de salida del colegio permanentemente era controlado por nuestro padre quién lo cotejaba con el de la llegada a nuestro hogar. Seguro que era objeto de observación y debida explicación que debía formular el demorado por el atraso incurrido. El horario de marcharse hacia la escuela lo determinaba mi padre y estaba señalado por la sombra que proyectaban las columnas de nuestro corredor o galería sobre el piso de la misma. Ya estaban calculadas las oscilaciones que producía el recorrido del sol en las distintas estaciones del año. La sombra era distinta en el otoño, el invierno o primavera, progresiva y diariamente. Mi padre lo tenía bien estudiado y era muy seguro. Los días de lluvia o nublados, generalmente se confiaba en el viejo reloj.-

También nuestras horas de esparcimiento, dedicadas a distintos juegos fueron supervisadas por nuestro padre. A pesar de haber gozado de una absoluta y verdadera libertad en nuestra vida, tanto las horas de nuestras tareas, de nuestro descanso como de nuestro esparcimiento, eran programadas por nuestro padre quién no perdía de vista nuestros pasos para evitar, a tiempo, cualquier indisciplina que pudiera desencadenarse, desembocando en algún accidente o inconveniencia. Cuando nuestro padre estaba ausente por cualquier circunstancia cada uno tenía en cuenta su premisa.-

Teniendo en cuenta que nuestro hogar estaba alejado del centro poblado, era frecuente que se reunieran amigos, vecinos y parientes para compartir con nuestros juegos más comunes como ser: la mancha; el fútbol; carreras de bicicletas; carreras pedestres; cabalgatas, las escondidas, etc. Los participantes estaban sujetos a la supervisión y disciplina. Todos los sabían.-

También practicábamos juegos individuales como la hamaca o columpio; los autitos remolcados por medio de un piolín y que eran fabricados por nosotros con latas de sardinas o de aceite. Eran rectangulares y los uníamos para simular el acoplado también.-

Otras veces sabíamos fabricar automóviles fijos. Esos que no se movían del lugar: Se colocaba un tronco como asiento; un tambor cilíndrico acostado que simulaba el motor; el volante o manubrio era la tapa vieja de alguna cacerola clavada a un palo, metido en un hoyo. La palanca de cambio era otro palo metido en alguna cavidad que permitiera oscilación.-

Todo eso era didáctico porque se ejercitaba la creatividad. Además para manejar y hacer los ruidos de los motores con sus rebajes, se necesitaba mucha imaginación. Más si se tiene en cuenta que el ruido de un motor pontiac, por dar un ejemplo, era distinto al ruido del motor dodge, chevrolet o ford.-

Nuestro padre solía sacar provecho de todo esto. Se acercaba a nosotros y nos decía: Tu puedes poner el motor de ese camión a la carretilla y, de paso, le llevas cinco o seis bolsas de maíz a los chanchos.-

La falta de juguetes en aquella época obligaba a crecer, inventar, pensar. Hacíamos concursos, aún en la oscuridad de la habitación, cuando nos mandaban a la cama. El juego consistía en pensar cuántas casas del pueblo tenían verja de tejido; cuántos domicilios del pueblo tenían molino a viento para sacar agua; cuantas antenas de radio; o veredas de baldosas de determinado estilo había o cuantas personas usaban anteojos. Todo basado en la memoria, a oscuras. Era muy entretenido hasta que se suscitaban polémicas que, generalmente no dejaban ningún rencor ni secuela alguna.-

Cuando se quedaban a dormir los hermanos mayores que, generalmente estaban en el campo y querían participar, ideaban juegos o entretenimientos más complejos y escabrosos. En la oscuridad de la habitación, mediante una contracción del vientre, aspiraban aire por el trasero, lo retenían y competían quién apagaba más veces la vela con la violencia del aire expulsado por el trasero. Contado así mueve a risa; pero ellos lo hacían con la seriedad de una verdadera competencia deportiva y había veces que alguno apagaba la vela, hasta tres velas con una misma carga.-

 


 

 

MI PADRE Y MI MADRE

Mi padre se llamaba Belisario González. Era Español. Nacido en el año 1885. Llegó a la Argentina en el auge de la Colonización de este país, hacia principios del siglo veinte cuando contaba con, aproximadamente, veinte años. Provenía de la Provincia de Salamanca. De un pueblito denominado Cereceda de la Sierra, a unos noventa kilómetros de distancia de la ciudad de Salamanca, situado allí, en el corazón de las sierras.-

Mi padre se formó en una vida de trabajo, sacrificio y privaciones. Donde el secreto de la supervivencia es pasarse la vida cuidando celosamente algunas pocas cabras, vacas, ovejas y porcinos desde que nacen hasta que los sacrifican para el consumo de la familia, y del cultivo de los huertos que trabajan con tanto ahínco.-

La madre de mi padre, mi abuela paterna, se llamaba Cesárea Martín. Había fallecido muy joven, cuando mi padre aún era muy chico. Los hermanos de mi padre son: Mi tía Ricarda; tía Josefa; Tío Eulogio y tía Elena. La única hermana de mi padre que no conoció a la República Argentina fue tía Josefa. Su esposo, el tío Daniel sí lo hizo, para probar, con una estadía muy breve porque, según comentó mi madre, dijo, no le gustaba este país.-

Mi abuelo paterno se llamaba Miguel González y estuvo tres o cuatro veces visitando la Argentina. Permanecía algunos meses acompañando a sus hijos y luego volvía a su país. Regularmente lo acompañaba en sus viajes en barco, mi tía Elena. Alguna vez, de regreso a España, lo acompañaron mis padres, en la única oportunidad que volvieron a España. Otras veces lo hizo mi tío Eulogio acompañado de su hija Asunción, cuando ésta contaba con 15 años de edad, cumplidos en Cereceda de la Sierra, según me lo han contado. También, mi tío, volvió una sola vez a España.-

El abuelo Miguel no quiso radicarse en la Argentina, a pesar de pedírselo sus hijos y comprar para él una quinta denominada "Las Rosas" en Mones Cazón. Él prefirió, como lo manifestó una vez, dejar sus huesos en su pueblito serrano donde tenía sus fincas que había conseguido comprándolas con sus esfuerzos y sus ahorros de tantos años de lucha y sacrificio, o bien, los había conquistado quitando las brozas, piedras y raigones a pequeñas extensiones denominados fincas en la ladera del riacho que bordea el lugar.-

Esas pequeñas parcelas deformes y distantes entre sí, se aprovechan en la siembra de la agricultura y huerto en pequeñísima escala, con elementos muy rudimentarios. Allí se obtienen para el consumo de la familia: papas, (patatas) chauchas de porotos (judías, fréjoles o alubias), remolacha, pepinos, repollo, lechuga, tomate, garbanzos, frutillas, espárragos, cebollas, ajos, etc. Todo requiere un buen riego cada dos o tres días. Las lluvias son muy escasas en esos lugares y muy desordenadas. Crece todo y produce en cantidad y de muy buena calidad. El ambiente y clima serrano no admite que pululen las plagas de insectos ni las pestes en las plantas. También hay plantaciones de frutales en apreciable cantidad tales como ciruelos, cerezos, guindos, durazneros, perales, nogales, castaños, manzanas, uvas, etc.-

Para realizar el riego en los sembrados de los huertos, es menester encauzar regatos obtenidos desde lo alto de la montaña por los costados del río. Aprovechando el declive del terreno acercan el agua, en parte entubada, a través de acequias y canales de riego convencionales que utilizan todos por riguroso turno que admiten, cumplen y respetan.-

Mi padre provino de esa zona y esa especie de remembranza del habitante serrano que esbocé, fueron sus primeros pasos. Allí se fogueó, fue la escuela de su vida de labriego. Con ésa formación y las excelentes oportunidades que le brindaron estas tierras fértiles, en ésa época incultas, carentes de labradores con conocimientos y ganas de trabajar, pudieron llegar a obtener una apreciable situación económica, gracias a su perseverancia, su voluntad, sus aptitudes personales, celo profesional, disciplina, economía y esfuerzo de su trabajo ordenado y oportuno.-

Había llegado hacia el año l905 con 20 años de edad, y falleció en el año l965 con 80 años de edad, dejando un excelente ejemplo de hombre honrado; una familia compuesta por diez hijos; muchos conocidos y amigos que lo estimaron y lo admiraron. Todos sus hijos recibieron enseñanza secundaria. La gran herencia que dejó a su familia ha sido su ejemplo de hombre de bien.-

Hacia el año l9l5 aproximadamente, contrajo enlace matrimonial, en únicas nupcias con mi madre que contaba con 20 años. Mi Madre había nacido en una pequeña aldea de Italia; en los alrededores de la Ciudad de Ancona, capital de la provincia de Marchese, sobre el mar adriático. Se llamaba María Banchetti. Su padre, mi abuelo materno se llamaba Luis Banchetti y su madre, mi abuela, se llamaba Anunciada Dumessi.-

No he oído decir que tuviera más parientes que: una hermana llamada Enriqueta, mayor que mi madre, ambas nacidas en Italia; un hermano llamado Emilio y una hermana llamada Guillermina, ambos nacidos en la Argentina y un hermano de su padre llamado José que colaboró en la chacra de mi abuelo.-

Cuando llegó mi madre a la Argentina contaba con sólo seis años de edad aproximadamente, o sea, hacia el año 1902. Vale decir, ella ya se encontraba en la Argentina cuando mi padre arribó al país por primera vez. Mi madre se crió con su familia en chacras que explotaron en la zona. Primero entre Juan José Paso y Francisco Madero, campo de los Penna y de los Catelani. Mas adelante pasaron a arrendar predios de los campos de los Elizalde en esta zona entre Salazar y Mones Cazón. El destino programó la convergencia de dos seres desde lejanas tierras hacia un mismo punto, mas o menos en la misma fecha é idénticas circunstancias. Allí fue donde conoció a mi padre cuando, mas tarde, administrara esas tierras por cuenta y orden de Don Pedro Elizalde. Uno de sus chacareros llegó a ser su suegro.-

En su matrimonio fue el complemento ideal por su espíritu de trabajo y el compañerismo demostrado con mi padre. Ella gestó, dio a luz, crió y cuidó su prole. Lo hizo con mucha abnegación, sacrificio y mucho amor. Hasta sus últimos días de vida (falleció en el año l986) conservó su lucidez, su serenidad y su bondad de madre tierna, cariñosa y consecuente.-

Tenía en su haber la satisfacción de haber criado y educado nueve hijos varones y una mujer. Ella hacía huerta, criaba toda clase de aves de corral, tejía a mano, por supuesto, muy buenos abrigos para sus hijos y más tarde para sus nietos y bisnietos, medias de lana, hacía costuras a mano y a máquina, lavaba, planchaba, remendaba ropa y atendía los quehaceres de la casa.-

También era frecuente que llegara mi tío Eulogio con sus hijas, mis primas: Eulalia, Sixta, Asunción y María Elena que llegaban del campo, donde vivían, a pasar algún fin de semana y vísperas de alguna fiesta, con la consiguiente multiplicación de actividades. Jamás se sintió molesta ni se le oyó quejarse por las visitas que recibía. Por el contrario, siempre conservaba esa humildad y buen talante que la caracterizó. Jamás dio una opinión o parecer negativo contra nadie.-

Para mí, mi madre era una Santa.-


 

 

 

 

 

DOÑA ELISA

Era yo muy pequeño cuando estuvo en la quinta una señora que había enviudado. Se llamaba Doña Elisa. Su esposo, en vida, trabajó de montero. Atendía las plantaciones en la administración de mi padre en la María Elena y en La Dominga. Lo hacía por contrato por su cuenta, es decir, no era peón efectivo sino transitorio. Tuvo muy mala suerte con su vida. En una oportunidad, al pretender subir al sulky, lo montó desde atrás, apoyando su pié en los rayos de las ruedas con tan mala suerte que resbaló y quedó enredado entre ellos, mientras el caballo que tiraba del rodado, echó a andar como cosa normal, destrozándolo. Esto me lo contó mi madre.-

Desde esa tragedia, mientras Doña Elisa y su sobrina María que la acompañaba, se procuraron una casa habitación en el pueblo de Mones Cazón, ambas permanecieron en la quinta con sus pertenencias del campamento (casilla, carro, sulky, muebles y enseres varios), Yo tengo vagos recuerdos de ello.-

Mientras tanto, ayudaron y acompañaron a mi madre en ciertos quehaceres, especialmente en el cuidado de los más niños de la época (Pedro y Yo)

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DOÑA ARGENTINA

También sabía mencionar mi madre a una maestra. La señora Argentina Pasini. Tenía una niña hija de unos seis años aproximadamente.

Se encontraba en la Quinta parando transitoriamente cuando aconteció mi nacimiento. Lógicamente que este hecho fue anterior al de Doña Elisa.- Doña Argentina fue la que me inscribió en la Caja Nacional de Ahorro Postal, con un depósito inicial de Cinco Pesos moneda nacional de curso legal proveniente de sus propios ahorros, el mismo día 30 de Octubre de 1926. En aquella época equivalía a 1/6 de jornal aproximadamente. Aún conservo aquella libreta de ahorros aumentada luego en mis años de asistencia a la Escuela Primaria.

Las Escuelas de enseñanza primaria fomentaban el ahorro de los niños, vendiéndoles las estampillas para acrecentarlos. Ello contribuyó únicamente para promover el espíritu ahorrista de los educandos ya que, con los cambios de valor de la moneda Argentina producidos tan vertiginosamente después del año 1950, arrasó con su poder adquisitivo. Tanto mi libreta de ahorro como la de mi esposa y mis tres hijos, con varios sueldos aportados por mi esposa, en el año 1970 perdieron totalmente su valor. Ahí están las libretas guardadas como trofeo de ahorro o como un mudo testigo de la inflación avasallante y devastadora.-

Al respecto aquí abro este interrogante: ¿Porqué unos meses antes del cambio de la moneda en el año 1970, se lanzó una campaña a través del Correo y Agente Oficial de la Caja, invitando al ahorro masivo? Entregaban un bono especial por cada mil unidades de peso que se depositaran, para participar en un sorteo muy importante de automóviles y departamentos. Inmediatamente después de esa "cosecha" de aportes, quedaron sin efecto todas las libretas de ahorro; Otra hermosa manera de meter la mano en los bolsillos de los cándidos; Reventándole la situación económica al "laburante".

Siempre me queda la duda que la economía dirigida tiene "cráneos" demasiado "listos"... Siempre encuentran ingenuidad en los habitantes para sorprenderlos desprevenidos.-


 

 

CONCEPCION NOVALE

Fue en esos años también cuando la Sra. Concepción Novale (Conce) enviudó y estuvo un tiempo en la Quinta. Su esposo había viajado sólo a la localidad de Navarro Pcia. de Bs. Aires, para visitar a un hermano suyo que vivía allí, cuando lo sorprendió la muerte. Tenia dos hijos: Arsenio y Héctor, de la edad de mis hermanos mayores. Compatibilizaban mucho en los juegos, entretenimientos y estudio. Eran oriundos de Cereceda de la Sierra (España) y creo, parientes lejanos de mi padre. La Sra. Concepción, poco tiempo después de enviudar, decidió volver a su país y radicarse allí con sus dos hijos. Ello puede haber ocurrido hacia los años 1932 al 33.

En mi permanencia en Cereceda de la Sierra, año 1988, tuve oportunidad de conversar con Héctor Novale quien recordaba mucho los días vividos en la Argentina. Percibí en él nítidamente, por su entusiasmo y énfasis que manifestaba, la impresión agradable que les dejaron esos pocos años vividos entre nosotros, por sus narraciones encendidas y su remembranza rica en anécdotas de todo tipo.- El contaba con diez años de edad cuando regresaron definitivamente a España; pero guardaba vivos recuerdos de mi padre, de mi madre, mis hermanos, primos y de mucha gente de ésta zona que yo he conocido luego o he sentido nombrar.-

Por ejemplo: El legendario Don Funes, auténtico hombre de campo, con sus costumbres casi nativas, sus anécdotas y sus hábitos camperos que Héctor recordaba nítidamente con especial admiración; contando ciertos pasajes de sus recuerdos en la participación de juegos diversos, trato con la gente, diversiones con mis primas, andar a caballo, cazar pajaritos, etc. Se le habían fijado a fuego nuestras costumbres.-

Él tiene su domicilio oficial en la ciudad de Madrid. Es jubilado de la Marina de España. Su hermano Arsenio falleció de un infarto inmediatamente luego de un pequeño accidente de automóvil. Conserva la casa paterna en las Sierras de Cereceda, donde pasa los veranos con su familia.-

Me mostró dos corazas de peludos que le obsequiaron en la Argentina; Uno cazado por mi primo Jorge y otro por Don Funes. Recordaba los instantes vividos en el momento que los recibió como obsequio y los consejos para conservarlos. Para él, es uno de los mejores trofeos que llevara de la Argentina Los guardaba con mucho cariño y daban la impresión de haber sido cazados ayer. Han pasado sesenta años aproximadamente.-

 


 

 

 

 

 

LA LAVANDERA DOÑA ANITA:

Para aliviar las tareas agobiantes de mi madre, se le requería, para lavar la ropa, los servicios de una señora que tenía muy buen humor; inspiraba mucha simpatía; era muy alegre y de una excelente voluntad para el trabajo. Se llamaba Doña Anita Cereguetti. Era viuda. Acostumbraba ir acompañada de una hija mayor que yo, de nombre Alcira, que ayudaba a mi madre en tareas de planchado, ciertas limpiezas y ordenamientos propios de un hogar de familia numerosa. Otra hija algo menor que yo, se llamaba Carola y nos acompañaba en ciertos juegos y cuidado de mis hermanos menores. En esa época puedo haber tenido yo, entre 10 a l4 años de edad.-

Doña Anita lavaba en bateas de madera dura que se adquirían confeccionadas o se hacían fabricar por un carpintero. El lavado se hacía a mano. No existía aún el lavarropas. La ropa, después de lavada se enjuagaba varias veces y se tendía colgada a un alambre extendido de 25 a 30 metros con dos postes de soportes en los extremos y dos parantes altos de caña tacuara, para darle mas o menos elevación y ajuste una vez abrochada la ropa.-

Las cañas tacuara eran originarias de la Chacra La María Elena donde estaba, el cuartel general y centro de operaciones de la explotación, que administraba mi padre. Hace unos pocos años trajeron desde la Estancia La María Elena, al comercio de Basso, cuando yo trabajaba allí, varias cañas tacuaras de ese tipo que describí anteriormente. Prueba evidente que aún existe el cañaveral que producía en la época que mi padre trabajaba esas tierras.
¿ Serían las mismas plantaciones? ¿ Las habría sembrado él?... No lo sé.-

 


 

 

 

 

CONSTRUCCION DE UN GALPÓN EN LA QUINTA;

Hacia el año 1938 o 1939 aproximadamente, se construyó en la Quinta un galpón de material de unos 15 metros de ancho por unos 25 metros de largo más o menos. Lo recuerdo muy claramente porque fue un acontecimiento de mucha trascendencia por el gran despliegue de actividad y materiales diseminados en el lugar circundante a la obra a realizar. Lo construyó el albañil Alberto Martino, que había contraído enlace con una tal María, sobrina de Doña Elisa cuya historia mencioné anteriormente.-

La confección del galpón se llevó a cabo con ladrillos comunes del horno vecino de un tal Federico Mengoni, asentados en argamasa de cal y arena con piso de cemento. Mas adelante, allí se almacenarían granos para ración a los cerdos aparte de muchas otras utilidades que prestaba, como es lógico suponer.

Las cabreadas o armados de madera para el techo a dos aguas fueron confeccionadas por un carpintero de origen alemán que tenía el herrero Eleuterio Aparicio con madera que le suministró mi padre. En esa herrería también se fabricaron los dos portones de dos hojas cada uno y las dos ventanas que constituían las aberturas del galpón. Debo aclarar que el mencionado Eleuterio Aparicio también era originario de Cereceda. En mi estadía en Cereceda de la Sierra tuve oportunidad de saludar a una cuñada de don Eleuterio Aparicio; esposa de un hermano que había fallecido unos meses antes.-

Previo a la tarea de la construcción del galpón, mi padre había seleccionado y cortado en la chacra La Dominga que ya tenían en arrendamiento a la familia de los Elizalde, unos 15 o 20 gruesos y largos álamos negros o chopos, elegidos concienzudamente a ese efecto. Esta tarea la había realizado unos dos o tres años antes, estacionándolos bajo techo, dentro de un gran galpón en la misma chacra La Dominga. Tengo un vago recuerdo de haberlos visto a lo largo del centro del galpón. Muchas veces tropecé con ellos cuando adolescente, en oportunidad de ir allí. ¡Cuántas veces pensé para qué guardaban esos palos dentro del galpón! Esto me da la idea de la practicidad, previsión y espíritu de economía que animaba a mi padre. Eso, constituía otro de los ejemplos que me dejaba su conducta. Esos chopos que se estacionaron protegidos por las inclemencias del tiempo, sirvieron para confeccionar las armaduras o soportes de madera del galpón que hoy, en el año 2000 aún está en pie.-

Han pasado más de sesenta años. Esas armaduras, hoy día, se confeccionan con hierro "T" o hierro redondo perfilado del grosor que requiera la construcción.-

Esa verdadera comodidad para la Quinta estaba emplazada dentro de los corrales de encierro de las ovejas, cerdos y vacunos que teníamos. Constaba con dos portones de doble hoja y dos ventanas. Cada una de las ventanas daba a distintos potreros de manera que, a través de ellas, se le suministraba la ración a los cerdos. Recuerdo haber empuñado, mas de una vez, la pala de punta, la pala ancha y la carretilla de mano que había en casa para arrimarle tierra a las paredes laterales, dado que la lluvia y el constante andar de los animales erosionaban los terraplenes. Había que preservar los cimientos. Yo lo hacía conscientemente. Así me lo inspiraban las observaciones y consejos de mi padre.-

Se almacenaban cereales, forrajes, materiales; Lo utilizábamos para jugar y entretenernos los días de lluvia o de tempestades; Organizábamos bailes con primas y vecinas; Realizábamos almuerzos; Se guardaba el automóvil, cuando lo hubo; Clasificábamos, ventilábamos y mezclábamos semillas para las siembras; Clasificábamos y remendábamos envases de arpillera bajo las indicaciones de papá; Se desarmaban colchones (todos eran de lana, antes); Se lavaba, se abría y se desenredaba y acondicionaba la lana a través del proceso de escardillado y se volvía a armar; Se guardaban los lienzos llenos de lana obtenidos de cada esquila que se efectuaba, bien apilados allí, hasta que se produjera su venta é infinidad de otras utilidades que prestaba ese cómodo y amplio galpón tan fuerte y seguro. Fue de extraordinaria utilidad para la Quinta en mi tiempo entre la pubertad y juventud. Era muy frecuente que nuestro padre nos recalcara sobre la conveniencia de mantenerlo limpio y ordenado, cosa que realizábamos frecuentemente como entretenimiento, especialmente en los días que era imposible realizar tareas fuera de él, por causas de mal tiempo.-

 


 

 

 

 

NUESTRO PETISO DE LOS MANDADOS:

Como la Quinta se hallaba en las afueras del pueblo, todas las provisiones y quehaceres requerían acercarse hacia los comercios, Correo, Delegación Municipal, Registro Civil, Estación de FFCC, Policía, Médico, Farmacia, etc.-

Por tanto teníamos un caballo de andar para hacer los mandados de acuerdo como lo fueran disponiendo las circunstancias y necesidades. A pedido de mi padre se lo enviaban desde el campo. Elegían un animal manso, que fuera de escasa estatura en lo posible para no dificultar nuestra monta, ya que éramos siempre los más pequeños los que realizábamos la tarea de correr hacia el pueblo para procurar una compra imprevista o el cumplimiento de algún mensaje.-

Se iba al pueblo dos o tres veces por día. Ya sea a sacar guías de embarques; la correspondencia; solicitar vagones para carguíos de hacienda al mercado, averiguar horarios; a la verdulería, la despensa, carnicería, panadería, o simplemente a buscar un par de alpargatas o calcetines. No había teléfono. Era el único contacto.-

El petiso de los mandados que estaba de turno cuando yo contaba con 9 o l0 años de edad, tenía por nombre "El Crichoma". Era tordillo claro, muy manso. Todos los caballos tienen la virtud de la inteligencia y este petiso parecía saber que trataba con niños y se portaba caprichosamente. Se dejaba enfrenar en cualquier lugar que se hallaba pastando; pero antes de caer cautivo había que dar muchas vueltas. Había que rendirle pleitesías. Nos habían enseñado nuestros mayores que, para enfrenar un caballo, debía acercársele con mucho cuidado, sin mostrarle las sogas de su cautiverio para no espantarlo. Nuestro petiso, justo que llegábamos a él sigilosamente, "agachaba" las orejas, daba media vuelta y se corría de lugar dándonos el trasero. Luego de hacerse rogar un buen rato se dejaba poner el freno y el cuero en el lomo. Luego montábamos sobre él sin ningún problema. Sabía muy bien que después de hacerse el matrero para caer cautivo, se ligaba unos buenos azotes, descargando la bronca su jinete de turno; pero enseguida el petiso solucionaba su problema amagando con bellaquear.-

Era muy voluntarioso y manso pero era "rodador" porque, de viejo, tenía “vichoquera”. De vez en cuando, en el pueblo, en pleno centro sabía pegar cada rodada que daba con su jinete por el suelo, desparramando los víveres en medio de las risotadas de los ocasionales testigos que, con muy buen humor nos gritaban: ¿"VOLCASTE, HERMANO?".-

Mientras se realizaba cada diligencia en el pueblo, se le dejaba atado a una planta o alguno de los clásicos palenque que se usaban en aquella época. Eran tantas las ganas de sentirse libre que tenía este petiso que, a veces, al salir del comercio nos encontrábamos con que sólo el freno estaba atado al palenque. Tanto se refregaba contra el palo que terminaba sacándose las ataduras y disparando para su querencia. Mi padre cuando lo veía entrar disparando sólo, sin el jinete, se hacía el gran plato de risa. Mas tarde aparecía el damnificado a pié, con la bolsa de los mandados colgada al hombro, los cueros y el freno en la mano y con una calentura que explotaba. Mi padre siempre decía que era una travesura que nos hacía para jugar con nosotros. Cuando las rodadas se tornaban crónicas era tiempo de turnarlo por otro. El reemplazante de El Crichoma fue El Palomo.-



 

 

 

 

 

NUESTRO PEQUEÑO TAMBO:

Siempre había dos, tres o más lecheras en la quinta, con ternero chico; mansas, para surtir de leche a la familia. Nosotros éramos los encargados de ordeñarlas, tarea que se llevaba a cabo siempre al aclarar el día, sobre la aurora, antes de alistarnos para concurrir a la escuela.-

La leche se consumía en casa como principalísimo elemento de nuestra alimentación: dulce de leche, arroz con leche, sémola con leche, tortas, bollos y los clásicos cafés y té con leche. Alguna vez se acercaba algún vecino a pedir que se le vendiera algún litro y se le daba sin cobrarle nada. De pasada, en nuestro viaje hacia la escuela, se le llevaba diariamente algunos litros a tía Elena o a tía Ricarda o Angelita. También supimos llevarle a Sixta y a Jorge cuando criaban sus bebés.-

Existían unas latas rectangulares envases del aceite puro de oliva "Boccanegra". Esos tarros o latas, como se le llamaban, después de consumir el aceite se abrían en la parte superior, se le colocaba una manigera de alambre y se usaba para diversos menesteres, uno de los cuales era llevar la leche a los tíos y primos con comodidad. Su capacidad era de tres litros y resultaban comodísimos para llevarlos caminando por su forma rectangular, alargada y estrecha.-

Cuando se desarrollaba la tarea de ordeñe, se hacía con ropa de entre casa o “fajina”. Luego nos aseábamos y nos vestíamos con ropa de salir. Esa tarea la realizábamos todos los días del año y estaba a cargo de los que contábamos entre 10 y l6 años aproximadamente. Cuando alguno se enfermaba, tenía que viajar o faltaba por cualquier otro imprevisto, lo precedía en la tarea, o mejor dicho, lo reemplazaba el inmediato de inferior edad, secundado y vigilado siempre por mi madre que era quien nos enseñaba esas tareas y nos ayudaba con mucho amor y compañerismo.-

Cuando los terneros se hacían grandes y mermaba en la vaca la producción de leche se operaba el mudado de las lecheras. Entonces, uno de nosotros, llevábamos arreando, con nuestro petiso, hacia La Dominga y allí estaban las lecheras para efectuar el recambio.-

Recuerdo haber efectuado el viaje hacia el campo con dos o tres vacas con ternero grande y volver al siguiente día con las vacas de ternero recién nacidos. Pese a ser pequeño aún, esa tarea la hacíamos solos, sin compañía ni ayuda alguna. En esa época el petiso de los mandados de turno era un hermoso caballo blanco, algo más alto que el Crichoma, que se llamaba El Palomo. Tenía muy agradable andar, era muy manso y resultaba muy simpática su compañía y su amistad. Ese trabajo me encantaba porque era una manera de estar en contacto con la naturaleza. Observando los montes a la distancia. El verde intenso de los campos. Disfrutaba de la suave brisa mañanera o la cálida aura del atardecer. Me producía un especial placer el aspirar profundamente esa pureza del aire que me parecía más mío, por la experiencia de encontrarme totalmente aislado y solitario disfrutando de esa paz que nos entrega el campo abierto. Prácticamente era el mismo ambiente que respiraba en mi casa. Era sólo el efecto psicológico.-

Esas tareas, a esa edad, me hacían sentir responsable. Quedaba en mí, por unos días, una sensación de importancia y superioridad especiales por haber participado de una aventura trascendente en mi vida. Eso me ayudaba a crecer, a madurar, a sentirme útil.-

Los animales de la granja eran nuestros compañeros, nuestros amigos; Lo sentíamos cuando se lastimaba o enfermaba alguno como si fuera uno mas de la familia identificados cada uno por su nombre: En ovejas estaba la larga, la corta, la cara negra, la oreja rota; En las vacas: la overa, la güampuda, la mocha, la pampa, etc. Y aquí me viene al recuerdo de cómo llegué a sentirlo cuando una mañana la lechera Romera, amaneció caída. Se llamó al veterinario de esa época: Dr. Julio Giambruno quien le inyectó algunos medicamentos. Mientras duró su padecimiento debimos acercarle pasto verde, agua, granos, cama de pasto seco, etc. Recuerdo con cuanta tristeza recibimos la noticia que una mañana había amanecido muerta la Romera.-


 

 

 

 

 

EL CARRERO DON MARIANO:

Un hermano de la mujer de mi tío Eulogio, se llamaba Mariano Sena. Con mis hermanos lo conocíamos como el chatero o el carrero Don Mariano.-

Las chatas o carros eran grandes vehículos de madera dura que hoy ya no se usan, Existen algunos de los últimos que marcharon; pero están como pieza de museo o reliquia. He visto algunas grandes ruedas que se han utilizado como indicador de pasadizo en algún guardaganado o adornando algún parque de Estancias y otras como simple gallinero. Tenían una altura aproximada de tres metros.-

En la chacra La María Elena había una chata, o un carro, cuyo manejante era Don Mariano. Esos carros estaban montados sobre cuatro grandes ruedas de madera. Las dos ruedas traseras con llantas de hierro medían un diámetro aproximado a los dos metros y medio. El par de ruedas delanteras, también con llanta de hierro, medían un diámetro de aproximadamente un metro y medio. El piso era de dos metros de ancho por siete metros de largo y quedaba a una altura del suelo de un metro con ochenta a los dos metros. Estaban bordeados por dos grandes barandas laterales de un metro y medio a dos metros de altura aproximadamente. En la parte delantera, sostenido por ambas barandas laterales estaba emplazado el pescante y asiento del manejante a una altura aproximada a los dos metros y medio a tres metros del suelo.-

Debajo del asiento y pescante hasta las dos varas que quedaban más abajo, había un lugar libre que se denominaba "Buche". Se utilizaba para colocar los elementos personales del carrero, arneses de repuestos, cuerdas o cuartas y el gran cric o gato entre otras diversas cosas. Las cuartas estaban confeccionadas de cuero crudo retorcido o trenzado cuyo espesor o grueso es muy superior al de un lazo y eran utilizadas para que tiraran del carro los cadeneros, supliendo precisamente a cadenas por más cómodo y menos agresivo para los caballos y también para que tiraran los laderos en un eventual acople suplementario de necesitar generar mas fuerza. En una cuesta, pantano o médano, ataban o prendan esos laderos desde unas argollas que tenían los extremos de los ejes. De ahí la denominación de ladero porque se prendían a los lados del carro como fuerza suplementaria. Las cuartas se usaban como elemento de resistencia para tirar. Hay una poesía de un tango que habla del “cuarteador” de Barracas que tira y saca, utilizando precisamente esa cuerda denominada “cuarta” de cuero crudo.-

Mientras no se usase esa fuerza suplementaria, los caballos destinados a ese efecto, iban cabresteando, atados a unas argollas que pendían detrás del carro, como fuerza de reserva. Los caballos que tiraban del carro generalmente eran nueve, ordenados así: Uno atado a las varas del carro que se denominaba varero; uno a cada lado del varero que eran los troncales y suman tres; más adelante iban tres cadeneros precediendo a otros tres delanteros que se prenda más adelante. Todos atados a la chata prendidos en fila india de a tres mediante un aparatoso y complicado sistema de gruesas sogas y algunas cadenas, balancines de madera dura y cuartas o cuerdas de cuero crudo trenzado o retorcido de gran resistencia. Todos los animales tiraban del pecho a través de una pechera común. En caso de necesitar mas fuerza por la carga o camino pesado, se le prendían los laderos que, según el caso podían ser dos o cuatro. Según se ataran en las dos ruedas de adelante solamente o en las cuatro ruedas. Los laderos colaboran con su fuerza a través de una cincha.- De este modo un carro utilizado a FULL, llevaba prendido trece caballos.-

La carga útil que transportaban esos carros, era de unas 200 a 250 bolsas de trigo de 60 kilos cada una aproximadamente. Para calcular el peso total que llevaban esos caballos, debe sumársele la tara del carro confeccionado en madera dura, que era apreciable, y calcular el mayor peso de tiro que significan los rodados de madera y llantas de hierro con un ancho de 15 a 20 centímetros. Rompían mucho camino. En aquellos años no importaba mucho dado que el tránsito de automotores era muy escaso. Cuando comenzó a generalizarse el uso de los automóviles y camiones, el carro circulaba por caminos alternativos, laterales, donde no pasaban los automóviles.-

Hay que detenerse a pensar por un instante y se llega a la conclusión que las bestias que se utilizaban para generar fuerza bruta, se han sacado el “prode” con el avance y la fabricación de esos colosales camiones con una capacidad de carga que asusta. En buena hora, pobres bestias.-

En los últimos tiempos que se usó el carro, ya se sabía colocarle freno para soliviar en las cuestas abajo o cuando el manejante quería detener la marcha o movimiento ante la desobediencia de la caballada. El freno accionaba en las ruedas traseras y su mando estaba a la derecha del pescante y asiento del conductor, manejante o chatero. Consistía en una manija que accionaba a sin fin y ajustaba o acercaba un madero revestido de caucho contra la llanta de la rueda trasera.-

Don Mariano era el carrero oficial de la María Elena, de la Dominga y de La Criolla. Cuando había que trasladar semilla, llegaba a la Quinta con su imponente equipo al caer la tarde.-

Desprendía, desataba los caballos y los bañaba uno por uno largándolos a pastar a un potrero de la Quinta. Luego acomodaba los arneses y tiros de su carro, acondicionaba sus cosas, se refrescaba, higienizaba, se cambiaba al pié de su chata y se dirigía hacia nuestra vivienda.-

Era costumbre que se alimentara y descansara en nuestra casa, compartiendo nuestra mesa. Su llegada era todo un acontecimiento. A él lo considerábamos un personaje de cualidades especiales, coraje y valentía. Daba la impresión que llegar a ser carrero, era como decir ahora, piloto de un gran Boeing, cosmonauta o algo parecido. Parecía muy complicado aquello. No me alcanzaban los ojos para admirar el panorama y resultaba divertido ver como se revolcaban cada uno de los caballos a medida que los iba liberando, cómo se sacudía en un repentino temblor desocupando su vejiga, y cómo invadía el ambiente los vapores de esas aguas.-

Don Mariano llegaba a nuestra vivienda, ya listo, justo a la hora de cenar. Compartía nuestra mesa. Después de la cena se dirigía a su buche chatero y volvía rumbo a la cocina de nuestra vivienda con algunas mantas que solía tender en el suelo para no pasar la noche a la intemperie.-

La cocina era el único lugar disponible en aquella época para ofrecer en esa emergencia. De modo que ya era costumbre que pasara la noche allí evitando el sereno húmedo y nocivo del descampado. Por la mañana temprano tendría la tarea de atar nuevamente el carro y retirar del semillero, el grano que le habían ordenado trasladar al campo. Había que hacer escalas por la lentitud de la operación. Hoy ese trabajo insumiría tres a cuatro horas a lo sumo.-

Una de las tantas ocasiones, Don Mariano, después de cenar, fue en dirección a su chata en busca de sus pilchas para disponerse a descansar. Mi padre, de sobremesa, esperaba que volviese para charlar antes que se acostara, sobre los asuntos que importaban a las tareas del próximo día. Mi madre, mientras tanto, limpiaba la cocina.-

Era costumbre que mi madre lavara los platos en la pileta de la mesada, dentro de un fuentón de cinc, cuyas aguas servidas solían tirar al patio frente a la casa, para asentarlo con esa agua jabonosa y grasienta evitando que al día siguiente, el viento levantara polvo.-

Esa noche, mi madre salía de la cocina con el fuentón lleno de aguas servidas entre sus manos. En medio de la oscuridad coincidió encontrarse frente a Don Mariano que llegaba del carro con sus ropas. Mi madre, medio encandilada, en la oscuridad, después de varios desencontrados amagues laterales que hicieron ambos para evitar el encontronazo; creyendo haberlo esquivado, largó el agua servida con tan mala suerte que ese vaivén que realizaron ambos hizo que el agua diera de lleno en el cuerpo de Don Mariano, bañándolo totalmente.-

Don Mariano era un ser muy afectuoso, amable, alegre y de un excelente humor. Cuando llegaba a la Quinta conduciendo la chata de la chacra, antes de entrar, en la calle, a la altura de la tranquera, debía hacer algunos arreglos en sus caballos. La tranquera de la entrada a la Quinta medía un ancho de unos cinco metros mas o menos. Carecía del clásico tranquero que se usa en la actualidad para pasar con herramientas o elementos de apreciable tamaño de ancho.-

Era muy ajustado pasar por esa tranquera con un carro voluminoso tirado por nueve bestias haciendo fuerza de tiro. La entrada se hallaba en una cuesta arriba, motivo por el cual había que entonar a los corceles para que viraran en un animado trote y darle el vuelo necesario al giro para tomar puntería a la entrada.-

Cada vez que llegaba se detenía en la calle casi una hora. Largaba algunos caballos suplementarios que venían tirando al costado del carro, evitando el abanico de las bestias de tiro. Dejaba sólo lo imprescindible para la operación de entrada, o sean, 9 caballos en estrecha fila india de a tres. Esa era una operación de rutina para Don Mariano; para nosotros era todo un espectáculo.-

Cada vez que llegaba Don Mariano todos nos corríamos hacia la tranquera de la calle para presenciar el despliegue de ese operativo. Resultaba todo un espectáculo ver cómo manejaba esas sogas, arneses, cuartas y caballos, sobre todo, era digno de ver la maestría con que conducía a esas bestias en la maniobra de entrada de esa mole tirada por tantos fogosos animales y acertar en una abertura tan estrecha.-

Todo eso tuve oportunidad de conocerlo cuando fue un niño de seis ú ocho años y lo recuerdo perfectamente con mucha nitidez; Pero me contaba mi madre que cuando yo era un bebé que recién comenzaba a dominar mis pasos, me llevaron de la mano a presenciar el operativo. Quizás fue alguno de mis hermanos mayores o alguna niñera ocasional. En un momento de descuido me desprendí de la mano de mi protector. Pienso que puede haber sido en el momento de mayor riesgo que me desatendieron por mirar el accionar y yo, atraído por el inocente magnetismo de la operación, crucé justo en el momento que efectuaba el viraje de entrada. Don Mariano, parado en el pescante, absorto en su quehacer, sin haberme visto, azuzaba con energía dándole ánimo a sus bestias. Hacía sonar su látigo como estampido de fusil. Justamente en esa operación fue cuando penetré entre la caballada en plena acción, con tanta suerte que ninguno de los animales ni ruedas del carro me alcanzaron. Ningún rasguño ni roce. Milagro de Dios... como decía madre.-

 

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SORDO CEBALLOS:

Don Ramón Cevallos era un señor muy sordo. Lo llamábamos El Sordo Cevallos. Visitaba muy frecuentemente a mi casa porque había sido chacarero en las tierras que mi padre administraba en los campos de los Elizalde.-

De vez en cuando solía llegar sólo, piloteando su Ford "T" modelo 1919 o 1920. Era de los que funcionaba a magneto y la caja de cambio de marchas era a pedal. Un pedal: Marcha atrás o reversa; otro pedal era el freno; un tercer pedal era la marcha hacia adelante y una palanca colocada afuera, a mano, para la directa.-

Lo cierto del caso era que, mientras el sordo conversaba con mi padre, nosotros nos entreteníamos empujando la “catanga” hasta la tranquera, ida y vuelta, hasta el cansancio. Era muy liviana y nos turnábamos para pilotearla. Nos divertíamos mucho. Uno manejaba, los demás empujaban.-

A veces, una mala maniobra de un improvisado chofer, hacía que la "catanga" quedara atrancada contra algún árbol o alguna zanja. No había fuerzas, lugar, ni maña para una maniobra de liberación. En ese caso era cosa de disparar y esconderse para evitar el repunte de nuestro padre.-

Cuando el sordo salía y comprobaba la travesura, movía la cabeza en señal de desaprobación y fastidio. Él le daba arranque y la sacaba de la situación comprometedora en que se encontraba el vehículo y se disponía a marcharse. Ese era el momento que aparecíamos de nuestros escondites y corríamos a colgarnos de la parte trasera haciendo fuerza en sentido contrario para detenerle la marcha. Era tal el entusiasmo nuestro que lográbamos detenerlo y, a veces, se apagaba el motor aún frío, sin fuerzas. El sordo riéndose, apretaba el pedal de la marcha atrás hasta que lograba descargarnos en tierra y emprendía el viaje. Todavía nos quedaba otra travesura: colgarnos de la parte trasera y pararnos en el paragolpes y le golpeábamos el vidrio trasero. El no hacía caso, o sea, no escuchaba. Ya no quedaba otra alternativa mas que largarnos revolcándonos en tierra.-

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LA CUEVA DE DON MAXIMO:

Don Máximo era un hortelano que vivía en Mones Cazón, en esos terrenos elevados que están en la parte opuesta a la ex-Estación del Ferro Carril, en la salida hacia el acceso pavimentado, a poco de franquear la YPF, en dirección a la ruta 86. El apellido de él era Vazquez. Creo que había sido peón de las chacras que atendía mi padre desde sus inicios. Ya se encontraba demasiado anciano cuando yo lo conocí y se dedicaba a explotar su pequeña parcela haciendo huerto. Su acento era español. Era muy alto, de contextura delgada. Tenía mas de media manzana de tierra para explotar el cultivo de verduras. Tenía toda clase de vegetales que puede tener un huerto bien puesto y que se pudiesen consumir en un hogar. Había construido en el centro de su terreno una vivienda muy particular. Desde el exterior, las paredes de ladrillos blanqueados a la cal, no superaban la altura de un metro con cincuenta. Al acercársele se veía totalmente el plano de su techo al alcance de la mano, de una sola caída de agua. Había que inclinarse a modo de reverencia para franquear la puerta de entrada a su covacha. La capacidad interior estaba dada por la excavación de su piso. Desde el interior, la pequeña y única ventana que proporcionaba luz natural, estaba al ras del suelo exterior. Su vivienda constaba de una pieza y una cocina. Yo sólo conocí esta última. La única entrada daba hacia la cocina y desde allí se tenía acceso a la pieza. La medida de superficie de la cocina debe haber sido de 1,50 por 1,50. Un hombre típicamente ermitaño.-
En esa época‚ como en todas, se hacía huerta en mi casa de la que participábamos todos; pero, en oportunidades, faltaba algo que era necesario para complementar la alimentación, ya porque no se había sembrado; se había agotado o aún estaba en proceso de crecimiento. Entonces nos mandaban a buscar lo necesario a lo de Don Máximo en nuestro petiso de los mandados.-
Como mi madre sabía que Don Máximo se negaba a cobrar las verduras, mi madre le hacía llegar un trozo de tocino, cueritos de cerdo, chorizos, morcillas, huevos, leche o cualquier otro producto de nuestra granja, cosa que recibía con muy buen agrado. Lo agradecía mucho y se le escuchaban elogios hacia mis padres porque los conocía y los apreciaba mucho. Para abrir el paquete me invitaba a que entrara a su casa. Lo desenvolvía muy cuidadosamente, tomando el papel, que doblaba en cuatro partes y lo colocaba debajo de alguna caja de especias para tenerlo disponible para cuando necesitase hacer alguna envoltura. Colgaba cuidadosamente el hilo de un clavo de la pared donde ya había una buena cantidad de reserva.- Guardaba todo lo que le había enviado mi madre, en una fiambrera que pendía de su techo a escasa altura. Me fascinaba verlo con qué parsimoniosa prolijidad hacía todo. Me encantaba observar con que orden vivía. En el interior de la vivienda no se notaba humedad. Tenía las paredes de ladrillos con revoques. El fogón que encendía en su interior y el revestimiento exterior de cañas y ramas sobre tu techo, hacía que se conservara fresco y seco su ambiente dentro de su casita.-
Al emerger de su cueva, nos dirigíamos hacia el sembrado donde se encontraba lo que yo había de llevar. Las plantaciones estaban divididas por senderos bordeados de orégano, frutillas ó fresas y cebollas de verdeo. El lugar tenía una atracción muy particular por todo. Desde su aspecto personal de quintero u hortelano, hasta sus prolijos sembrados bien regados, sin malezas, de intenso verde y lozanía, con tierras convenientemente trabajadas, desmenuzadas y fertilizadas.-
Allí podía encontrarse, en sus respectivas‚ épocas de cultivo: Surcos de maíz para choclos, pequeñas parcelas de zapallos, zapallitos de tronco, sandías, porotos, arvejas, papas, tomates, zanahorias, ajo, cebolla, pepino, repollo, acelga, lechuga, fresas, perejil, laurel, orégano, rábanos, ajo puerro, apio, espárragos etc
Cuando estuve en España, el aroma de las plantas, el encuadre de los sembrados y el ordenamiento de las semillas, me trajeron a la memoria el amor de Don Máximo por todo eso. Él sabía tener atados de distintas plantas a disecar al reparo en bolsitas, frascos o paquetes y envolturas de semillas que había logrado de sus pequeños pero valiosos sembrados realizados con tanto cariño. Eran provisiones para futuras siembras. Algunas parcelas estaban recién sembradas y algunas se encontraban movidas, en barbecho para sembrar.-
Para el riego, en la época que hacía falta, tenía una bomba común de mano y una tinaja de madera para solear el agua que había de utilizar en el riego de sus almácigos. El agua corría o se deslizaba por pequeñas acequias laterales que manejaba y ordenaba con la azada. Todo con el esfuerzo personal, a mano, con la ayuda de tan sólo los elementales implementos comunes como el azadón, pala, rastrillo, horquilla, guadaña, hoz y otros.-
Las verduras que cortaba para mí, las seleccionaba cuidadosamente y las colocaba con parsimoniosa delicadeza dentro de la bolsa de arpillera que yo había llevado al efecto. Las hojas que descartaba, las ubicaba en un lugar previsto para abonar la tierra. Él, decía que había que devolverle a la tierra, por lo menos, una parte de lo que se le quitaba. Por eso tenía siempre un montículo de vegetales y tierra en descomposición para utilizar como fertilizantes.-
Era muy común, en esa época, que todas las familias tuviesen su huerta bien surtida como la única manera de consumir verduras. Que yo recuerde, aparte de nuestra huerta que se atendía bastante bien, estaba la de tía Ricarda; María de Martino; Doña Saturnina y otras más que podían considerarse huertas atendidas y extensas. Pero existía en casi todas las viviendas algún trozo de tierra trabajado con huerto para su consumo.
Debemos tener en cuenta que, en aquellos años, casi todos eran colonizadores llegados de Europa o descendientes directos de ellos. Habían traído esas costumbres que tanto arraigaron aquí y que tanto les servía. Al margen de todo ello, no existía el comercio de verduras en gran escala de estos tiempos presente donde, diariamente, llega un gran camión que nos surte de toda clase de verduras y frutas de excelente calidad, a precios tan accesibles que no se justifica de ningún modo dedicar el tiempo en esos menesteres.-


 

 

 

 

 

 


EL BOYERITO ANALFABETO:

A principios del año 1945 me encontraba en "La Criolla". Recién había terminado mis estudios comerciales. Mi tarea transitoria, en ese momento, era la de cocinar para mis hermanos y el poco personal que trabajaba en el campo, ordeñar, hacer la limpieza de la casa, huerta y atención del parque. Se hacían turnos convencionales y rotativos entre los hermanos para que hubiera alguien en la casa siempre. Aparte de otras tareas de apoyo que realizaba ocasionalmente en el campo con mis hermanos y/o algún jornalero.-
La carne se recibía a través del reparto que efectuaba a domicilio, en las estancias de la zona, la carnicería de Don Victorio Bertuzzi desde Girodías y la carnicería de Don Angel Molinuevo desde Salazar alternativamente. El reparto de carne se hacía diariamente en verano y día por medio en el invierno.-
En la Estancia La Criolla había una dependencia emplazada a unos cuarenta metros de la casa principal o casco. Se le denominaba "La Carnicería" y estaba acondicionada con gancheras, sierras de carnicero, mesadas de madera forradas con chapas de cinc. Tenía techo de chapas canaleta a cuatro aguas y estaba construida con laterales de tejido fiambrero. Solo a un metro de altura la mampostería rodeaba los cuatro costados del local a partir del piso de mosaicos calcáreos. Allí se colgaban las reses de los lanares que se faenaban para el consumo cuando lo justificaba el mismo. En ocasiones de menor consumo se hacía traer la carne desde los pueblos vecinos como ya quedó explicado. Es indudable que esa importante comodidad fue hecha en épocas donde la cantidad de personal ocupado en el establecimiento exigía el sacrificio de vacunos.-
El repartidor de carne, que arribaba en un charret o un sulky tirado por un caballo hacia las 8 o 10 horas de la mañana, se encargaba de dejar en los ganchos de esa dependencia recientemente descripta, la carne para nuestro consumo y para algunos vecinos, puestos cercanos o contratistas ocasionales que estaban trabajando en las inmediaciones. Todos los pedidos de los vecinos quedaban en esa dependencia. Los identificaban con fichas de madera o chapitas numeradas o escritas con los nombres o números de cada cual. Cada uno lo venía a retirar por haberlo convenido con el carnicero quien establecía un determinado centro de concentración en cada zona, evitando así tener que repartir casa por casa haciendo un recorrido muy superior.-
En La Criolla se encontraba trabajando de contratista Don Domingo Acosa de Mones Cazón. Tenia un hijo de unos l6 años y otro de unos l4 años aproximadamente, que le ayudaban en los trabajos rurales que realizaba como contratista con herramientas tirada por caballos. El mayor de ellos se llamaba Antonio y era, casi siempre, el que iba a retirar su carne.
El trato regular y diario que tuve con Antonio, que teníamos los mismos años, hizo que llegáramos a conversar mucho, a ser amigos y coincidir en muchas cosas. Él, era el boyero del campamento de su padre. Entre las confidencias que hizo, me dijo con alguna pena, que su mamá, cuando se unió a Don Acosta, ya lo tenía. Su apellido era otro que no recuerdo en este momento. Él, debía soportar que todo el mundo lo tratara como Acosta porque se crió con él desde niño. Muy curioso y preguntón; ávido de saber.
Advertía yo que su trato hacia mí era como si yo fuera una persona respetable instruida. Observaba él con mucha atención como le desentrañaba el misterioso mundo de la escritura, de las cuentas y de la interpretación de la lectura que, para él era todo un enigma.
Me hacía leer artículos de algún diario que él elegía al azar o lo había traído a propósito, para llegar a descubrir el contenido de ese recuadro que había elegido desentrañar y luego sonreír satisfecho. El no sabía leer ni escribir. Me causó lástima, mucha pena. Me extrañó mucho ese detalle y lo sentí de verdad. Me parecía imposible que un muchacho despierto, hábil y tan desenvuelto como se le veía, fuese analfabeto. Primero no lo creía; pero luego, a través de ciertas comprobaciones y conductas de él, me di cuenta que decía la verdad.-
Un día le pregunté si le gustaría aprender a leer y escribir. Desde luego que su respuesta fue afirmativa; pero le impedía concurrir a clases el hecho de tener que ayudar a su padre. Me animé a decirle si quería intentar hacer algunos ejercicios que yo le podía indicar, y que le podían servir para entender y defenderse con mas seguridad que siendo totalmente analfabeto. Su excelente voluntad, la afición y el empeño que puso para aprender, me obligaban a exigirme en todo lo que estuviera a mi alcance para hacérselo posible y no frustrar sus sueños y sus aspiraciones. Por otro lado a mí me encantaba la didáctica y sabía que aunque no tuviera técnica alguna para enseñar contaba con un receptor ávido de aprender y la carrera iba a resultar muy fácil.-
Hice un repaso mental del ordenamiento de ejercicios para organizar algo que memorice letras y números, unido a una caligrafía clara para evitar confusiones en la recepción de caracteres y fijar en él, la correlación de números y del abecedario. En el siguiente viaje que hice a la Quinta, me acerqué a la librería de Don Rafael Casquero de Mones Cazón para comprar lápices, cuadernos, un libro de primer grado y me propuse enseñarle a leer y escribir.-
Diariamente le hacía ejercicios y le daba las explicaciones sobre los nombres de las letras y la vocalización correcta de cada una. Recuerdo que le causó mucha gracia cuando le nombré la letra "equis". Reía alegremente.-
Conversábamos mucho, preguntaba mucho y le gustaba escuchar con atención, comprendiendo mucho más que lo que yo me pude imaginar de un chico analfabeto, criado en un ambiente de muy escasa cultura.-
A veces me entraban dudas si estuviese fingiendo no saber para gastarme una broma y me sacaron de la duda algunas comprobaciones lógicas y la palabra de su hermano menor que tampoco había concurrido a la escuela.-
Clara estaba en él la idea de aprender. Eso ayudaba a la enseñanza que me había propuesto impartirle. Él participaba, ponía mucha atención, asimilaba y recordaba todo lo que yo le explicaba. Me tenía mucho respeto, mucha confianza y yo notaba que tenía cierta admiración por las explicaciones que le daba.-
Había credibilidad y eso creo que era lo más importante, era necesario que me tuviera confianza y me creyera. Yo me sentía muy cómodo y con entusiasmo porque notaba que él tomaba en serio su estudio y advertía como progresaba; que día a día avanzaba en el aprendizaje. Contaba con mucha viveza y tenía todo muy claro y muy buena memoria. Algunas veces renunciábamos a salir un fin de semana para dedicarle más tiempo a los ejercicios que comenzaban a gustarle. Necesitaba foguearse sin pausa.-
Así, solíamos pasar muchas tardes a la sombra de alguna planta; en alguna ventilada e iluminada galería; tomando mate conversando, alternando con alguna música arrancada de mi vieja guitarra que gustaba escuchar.-
Pasaron muchos meses poniendo garra, atención, disciplina y ganas; aprovechando todas las horas posibles y libres sin acobardarnos y con el creciente entusiasmo que nos imponían los constantes avances de su aprendizaje. Era como un entretenimiento que a ambos nos había atrapado. Yo mismo me sorprendía cómo avanzaba en la lectura del libro de primer grado. Lo mismo ocurría con la escritura y el manejo de los números. Todo era posible gracias a la excelente capacidad y la gran voluntad de aprender que poseía.-
Llegó a leer algunos recuadros del diario La Nación, que asimilaba y entendía perfectamente.-
Seguimos practicando mucho. Comprobé que no eran muy necesarios los deberes que le daba. Sabía, porque comprobaba que, él sólo buscaba la forma de practicar. Él era toda vocación y deseaba los fines del saber. Yo sólo traté de ser su medio para que lo lograse.-
Después de haber pasado un buen tiempo, tuve que alejarme para cumplir con el servicio militar. El ya sabía escribir para defenderse y ponía garra para acrecentar sus conocimientos autodidácticamente. Le gustaba.-
Recuerdo que estando yo en Bragado, me escribió una carta informándome que se había enrolado; que tenía la libreta en su poder y que había podido firmarla con su nombre.-
No volví a verlo más. Sé que agradeció mucho mi disposición y voluntad por enseñarle a leer y escribir. La vida lo llevó hacia la Capital Federal o a sus alrededores en busca de nuevos horizontes. Supe que allí concurrió a una escuela nocturna para lograr acrecentar sus conocimientos y que hoy es dueño de un importante negocio. En el año l986 vino a Mones Cazón. Se enteró que la familia González de la Quinta Vivian en Pehuajó. Me informé mas adelante que había estado en Del Campo 531 donde vivía mi hermano José preguntando por mí; que comentó el caso que he relatado y que deseaba saludarme. De cualquier modo dejó muchos saludos para mí. Era el Boyerito Antonio, a quién hacía cuarenta años había enseñado a leer y escribir. Me sentí muy halagado, satisfecho y pensé: ¡Cuantas veces se dan las oportunidades para aprovechar el tiempo libre en hacer algo útil, que tenga verdadera importancia sin más costo que el empeño, la buena voluntad, la disciplina, la perseverancia y el afecto hacia los seres dóciles, humildes y de buenos sentimientos que desean triunfar como este excelente "Boyerito!”...-
En esta nueva edición que me propongo hacer en los finales del año dos mil para corregir, agregando algunos detalles y dejar un CD ROM con el mismo libro confeccionado en año 1993, quiero dejar expresado que el Boyerito Antonio una mañana del año 1996 o 1997 que yo me hallaba trabajando en las oficinas del Sr. Ramón Carlos Basso, una de las chicas secretarias colaboradoras de la casa me avisa que un Señor buscaba al Maestro que le había enseñado a leer y escribir.-
Me encontré con una señor mayor y nos confundimos en un gran abrazo, había viajado hasta Salazar después de muchos años porque había fallecido un tal Prato, cuñado de un hermano.-
Me dejó un enorme afecto; me conmovió; Fui tocado emocionalmente con mucha intensidad durante una hora de charla amena, donde me narró sintéticamente su vida y luego me invitó a su casa en Quilmes, donde trabaja con su yerno, en su tapicería de automóviles que, según la tarjeta que me dejó, tiene en la calle 325 (Exirala) N 3652 de la ciudad de Quilmes con teléfono N 250 – 6723 que traducido a los números telefónicos actuales, su lectura sería 011 – 2250 – 46723.

 

 


 

 

 

 

 

 

RONDAS NOCTURNAS:

Mi padre tenía la costumbre de salir afuera de la casa, o sea al patio, a medianoche o hacia la madrugada, movido por los ladridos y atropelladas del perro guardián de la casa.-
Una noche de verano, al salir para efectuar esa imaginaria habitual, dejó la puerta de nuestra habitación abierta y sigilosamente emprendió su rondar. Era común que rateros de la noche vinieran por algún pollo, lechón, cordero o algunos kilos de maíz acondicionado en montones o trojes para el suministro de raciones. Con las precauciones del caso rondaba por entre las plantas, los ligustrinas o amparado por la oscuridad proyectada por los costados de la casa. Es de suponer que su estado de ánimo fuera de gran tensión, expectativas y curiosidad en legítima defensa de sus intereses y de su familia. No sería la primera vez que divisaba la figura de un hombre en la noche, a través del espejo que proyectaba el agua de la laguna, en desesperada huída.-
Al volver de esa vigilancia de rigor, en la semi-oscuridad, observa la figura de un hombre parado al borde del corredor de la casa. Atinó a tomarlo del cuello con fuerzas como para reducirlo, a la vez que le pedía explicaciones de su presencia intrusa. De pronto advierte que, entrecortadamente una voz que le resultaba familiar le dice: "Papá, soy yo que salí a echar una meada. Era mi hermano Pedro que trataba de zafarse de tan incómoda situación.-
Grande fue el repunte que mi hermano recibió de mi padre para que jamás se nos ocurriera a ninguno, salir afuera de la casa mientras él estaba de ronda; que para eso estaba el baño. Pasado un tiempo, quedó como una simple anécdota._
En otra oportunidad salió con la escopeta porque la forma de ladrar del perro le resultó sospechosa. Sigilosamente salió a la oscuridad de la noche, se puso de cuclillas para otear sobre el horizonte nocturno. Alcanzó a distinguir allí a lo lejos, una figura que se alzaba unos centímetros del suelo para volver a posarse como en función de amenaza. Prestó mas atención, y otra vez volvió a repetirse la misma figura en varias oportunidades más. Entonces, levantó su arma, tomó puntería, la clavó en la mira y disparó al bulto: ¡BANG! El resto de la semana comimos guiso de ganso. Eran unos gansos criados en la Quinta cuya costumbre de desplegar sus alas y desperezarse, habían traicionado quijotescamente la ilusión óptica de mi padre. Hizo un verdadero desparramo de ganso.-
Cada vez que salía de ronda, lo hacía en la convicción de que algún pillo quería llevarse algo, y no se equivocaba. Conocía muy bien la forma de ladrar del perro. Mas de una vez veía figuras y sabía que emprendían la retirada. Entonces efectuaba algún disparo al aire para amedrentar y despejar las acechanzas de los intrusos. Su intención no era destructora; pero no había derecho a vivir sobre ascuas.-
Otras veces no alcanzaba ver nada; Pero él tenía plena seguridad que alguien se había ocultado. Eso multiplicaba su ira, el temor de ser atacado y su enfado por sentirse burlado por el trasgresor.-
Cuando algún necesitado de alimentos; de familia numerosa que criar, le pedía algún pollo o lechón, tal vez le hacía precio o se lo obsequiaba según las circunstancias; pero no admitía que así, indiscriminadamente, de prepotencia, violaran sus dominios para quitarle lo suyo. Lo que él podía tener era fruto de su trabajo honrado, de su preocupación, de sus afanes y desvelos. Le asistía todo el derecho de custodiarlo y defenderlo.-
En una ocasión semejante a las expresadas precedentemente, en un pasadizo entre los ligustros, se encontró frente a frente, en la oscuridad de la noche con un corpulento individuo. El cretino, para amedrentar a mi padre, hizo un amago de sacar un arma de su cintura. Como mi padre supo esquivarlo, escapó vociferando, injuriando y maldiciendo la madre de mi padre. Mi padre le dio una pequeña ventaja como para no dañarlo y luego le disparó al rumbo en medio de la noche. Tuvo la convicción de haber errado al blanco como escarmiento y le siguió sus pasos hasta perderlo en la noche. Quedó a la escucha para verificar la verdad de su fuga. La noche serena le señalaba sus pasos entre las matas de pasto. De pronto oye unos quejidos que profería el impostor al sentirse herido en medio del potrero. Había alcanzado a sortear la alambrada perimetral del cerco de la casa; pero no alcanzó a llegar a la calle. Estaba allí, mal herido, en medio del potrero.-
Mi hermano Angel, que se encontraba en casa en ese momento, fue a denunciar a la Policía el hecho y fue ella la que se hizo cargo del ratero. Luego vendrían las actuaciones sumariales donde, cada cual, se hizo cargo de sus culpas. El herido era un popular ladrón de gallinas muy conocido por todos como tal. Con antecedentes de cárceles cumplidas en variadas oportunidades. Había sido deportado de otra localidad porque la Policía no sabía qué hacer con él. Se trataba nada mas ni nada menos que Don Dámaso Moyano. En el lugar del hecho en la Quinta, la Policía encontró una bolsa de arpillera conteniendo tres yuntas de gallinas que habían sido alcanzadas también por las municiones. Esto hizo que el impacto fuera menor, aunque al herido debieron extraerle algunas plumas que se le habían incrustado bajo la piel. Mientras la víctima se reponía en el Hospital de Mones Cazón, a mi hermano Angel lo trasladaron a la ciudad de Mercedes, para el sumario de rigor y pronto volvió, dado que las heridas no eran de gravedad y el equilibrio de la justicia de ésa época tenía muy en cuenta los antecedentes y las conductas.-
El señor Moyano era un decano de la rapiña. Era muy conocida la mañana que paseaba por las calles en las madrugadas. Premeditadamente acompañado de un cuzco amaestrado. Cuando veía una gallina a tiro en la semioscuridad de la aurora, sobre el camino, azuzaba al pichicho y éste la tomaba del cuello con tal maestría que la pobre ave no podía defenderse tan siquiera con algún cacareo. Moyano desplegaba una bolsa que llevaba bajo el brazo al efecto, introducía disimuladamente el ave dentro de ella y seguía su camino como si nada hubiese pasado. Era un ladrón profesional. Elegía la primera hora del alba, donde las aves salían al camino en busca de los granos que volcaban los carros. Siempre acompañaba a su lento paso, con un extraño silbido, como queriendo expresar: “aquí no ha pasado nada.”-
Después de un tiempo de internación se compuso, le dieron el alta y prosiguió ejerciendo su profesión de ratero que, de últimas, era su verdadero medio de vida; pero se cuidó muy bien de no realizar visitas nocturnas a nuestro gallinero.-
Creo que hoy no se encuentra ese tipo de gente que, bien pensándolo, es peligrosa para la sociedad, de avería y pendencia; buscaban los fines sin reparar en los medios ni en las consecuencias.-
Todo evoluciona. Hoy existen organizaciones casi científicas para llevar a cabo un robo a través de la violencia, de atracos espectaculares y de sutiles camuflajes, valiéndose de ingeniosas artimañas que organizan y planean al amparo de la libertad y la confianza que existe entre la gente de bien, y ejecutan con frialdad y tenebrosa serenidad como esos impresionantes secuestros donde se piden y exigen a cambio de vidas, fuertes sumas de dinero por su rescate.-
Evidentemente no se trata de una simple yunta de gallinas. Frente al avance que existe en la delincuencia y el despojo, creo que las leyes de represión y sanciones existentes son totalmente ineficaces.-
Pienso que la estructura social de un pueblo se nutre de la propia sociedad que lo integra. El comportamiento humano, en cuanto a lo espiritual y lo cultural, sirven de base para las nuevas generaciones y su evolución depende de los ejemplos que los mayores nos dejan a través de su estilo de vida y su esfuerzo por el trabajo, sumado a sus virtudes cívicas, capacidad intelectual y sensibilidad humana.-
El joven tiene un enorme poder de imitación. Si en el oportuno momento de su crecimiento recibiese ciertas ondas positivas, es seguro que se verá seducido por el bien en pro de los éxitos de sus ideales._
Recuerdo que aún era un niño cuando experimentaba un especial placer descubriendo cualidades en los mayores. Notaba que existía una enorme diferencia de valor humano entre una y otra persona. Así, admiraba la fuerza moral del Médico Dr. Héctor Allievi que fue médico de cabecera de mi familia; La laboriosidad, ahínco, afán de progreso y honradez de Esteban Holgado y de Eleuterio Aparicio; La firme personalidad y seriedad del Veterinario Dr. Julio Giambruno; La expeditiva dedicación y perseverancia del Colectivero Sr. Manuel Berrocal. Muchas veces me quedaba con la boca abierta escuchando a personas como el Sr. Cutini, que daba la impresión de estar leyendo un libro de formación en las escasas ocasiones que hablaba, ya que era mas bien parco.-
Además contaba con el ejemplo positivo de los valores espirituales a través de la ternura y compresión de mi madre; La amabilidad y vocación de servicio de Doña Anita; La mezcla de respeto, confianza y seguridad que infundían las charlas que nos ofrecían mi padre. Reconozco esa hermosa herencia; La gentileza de Doña Patricia; El respeto y sobriedad que inspiraba el Escribano Sr. Julio Allievi, hermano del Médico; La diligente atención del Jefe de la Estación de FFCC de Mones Cazón, Sr. Gabriel Cuey; La abnegación y espíritu de sacrificio puesto de manifiesto por la señora de Héctor López, al haber atendido a su esposo inválido, postrado en silla de ruedas, con el esfuerzo de su trabajo personal explotando un mercadito y despensa para subsistir, mientras criaba y educaba sus hijos.-
Me daba cuenta también de la onda negativa a través de la insignificancia de algunos seres con extrema costumbre é inclinación a la bebida, al juego, a la pendencia y chabacanería.-
¿No se formarán así las estructuras de las familias? ¿De los pueblos? ¿De las ciudades? ¿De las provincias? ¿De las naciones y del Mundo, ¿Donde perduran los ejemplos de los grandes hombres? ¿El desquicio de los incapaces? ¿Las debilidades de los miserables?...

 


 

 

Aquí estoy... Frente a una fotografía tuya... Te veo vestida de novia... ¡Qué hermosa estás! Joven, dulce, serena, llena de vida y a mi lado... Traes a mi recuerdo la calidez de tu cuerpo, la dulzura de tu voz, la suavidad de tu piel que con tanta ternura me brindaste en tu vida... Todos los días observo tu rostro sonriente, tus labios y tus ojos amorosos... los mismos que me dijeron con mucha ternura, con mucho cariño, con mucha fe y entereza pocas horas antes de cerrarlos para siempre: "Cuida a nuestros hijos... Los quiero mucho..." ¡Cuanto me destroza el alma este recuerdo! Parece que estoy escuchando tu voz angelical, reviviendo el inmenso amor que nos brindábamos... Cuando visito tu última morada me muero de angustia... Un incontenible llanto me embriaga en sollozos que brindo con mucha ternura por tu eterno descanso y ruego a Dios, con toda devoción, para que te haga gozar del Cielo... Velaré por nuestros hijos como lo soñamos siempre... Les daré todo el calor, el afecto y el cariño que necesiten y sea capaz de brindarles. Trataré que tu ejemplo de madre tierna y cariñosa esté presente en cada acto de sus vidas. Que Dios me ilumine y me dé fuerzas para ello. Los quiero mucho... Como tú los quisiste... Como nos quisimos todos... Me da mucha tristeza, mi cielo, que no puedas gozar del cariño de tus hijos... ¡Cuánto daría por compartir contigo el placer de nuestra familia, la satisfacción de cambiar una palabra, una sonrisa, una mirada con tus queridos hijos! ¿Porqué Dios no quiso que recorriéramos juntos nuestro sendero hasta cumplir el desarrollo pleno a esas tres maravillosas criaturas, fruto de nuestro amor? SIEMPRE TE RECORDAREMOS... SIEMPRE ROGARE POR TU ETERNO DESCANSO... SIEMPRE BROTARA UNA LAGRIMA EN TU MEMORIA...

¡ADIOS... ELSA QUERIDA!

Elsa Isabel Lorenzo de González mi esposa; Luego de 20 años de matrimonio y de sufrir una larga dolencia terminal falleció a los 42 años,
el 25 de Mayo de 1977